JUAN ANTONIO GUIRADO Laura Revuelta Crítica de arte, curator y Redactora jefe de ABC Cultura

Juan Antonio Guirado es un artista que se marcha de España y se queda en los márgenes de lo que ha sido el arte español en las décadas finales del siglo XX. He aquí un resumen, somero, en apenas dos líneas de quien ahora regresa como esos personajes novelescos al estilo de un hijo pródigo. Los márgenes suelen estar muy transitados por el olvido, y por eso, resulta un espacio más que sugerente para el recuerdo y los redescubrimientos. De los márgenes, la memoria ha rescatado artistas y escritores, cuyo posicionamiento hoy nadie cuestiona. En los márgenes siempre se pueden leer y vislumbrar más detalles que dentro de los encuadres precisos. No obstante, hay que trabajar mucho. Desbrozar más camino. Asociar ideas y dar luz donde pudieran reflejarse apenas unas sombras. No dejarse llevar ni por las apariencias ni por lo que ni siquiera resulta aparente; de puro invisible pasa desapercibido. Juan Antonio Guirado no es ni debe ser un artista invisible para el arte español. Hemos venido a rescatarlo de un cierto encierro en sí mismo, en sus circunstancias que diría el filósofo; a reconstruirlo; a trazar paralelismos que lo encuadren, que hagan su árbol genealógico tan extenso en ramas como florido en sugerencias. 


Siempre que nos embarcamos en estos “rescates” o “puestas a punto” de artistas marginales, tal vez marginados, por cuestiones biográficas o del destino, deberíamos preguntarnos si a él, al protagonista redimido por un estudio exhaustivo de su obra, le apetecería regresar a la vida. Renacer de las cenizas y transitar de nuevo por una exposición suya, enfrentarse una vez más a la crítica, al análisis, al público, a su propio juicio implacable. Si tuviera la posibilidad de poder preguntarle su opinión al respecto, ¿qué me diría Juan Antonio Guirado? ¿Hola y adiós? ¿Gracias por haber venido? ¿Me recomendaría que le dejara tranquilo? Quizá. Parece que en vida, pese al éxito cosechado tanto dentro como fuera de España (según vemos en los numerosos recortes de prensa extranjera que detallan sus numerosas exposiciones y logros críticos), le agradaba la discreción y hasta un cierto retiro del mundanal ruido, o un refugio en la humildad del arte sin mayúsculas. Su arte reposa en la espiritualidad, como veremos y documentaremos. Aúna una tradición netamente española con lo que captará y hará suyo en los territorios lejanos de otras filosofías y sensibilidades, como la budista, la zen, la brahmánica ¿Por qué saltar de nuevo al escenario de los vivos y de los parabienes, y de las luces y los reconocimientos? ¿Por qué lo decimos y decidimos nosotros? ¿Por qué no se puede hurtar al futuro la obra de un artista, según nuestro criterio, remarcable por algún motivo? Me temo, si se me permite la broma, que Juan Antonio Guirado tendría que haber quemado toda su obra para que nada de lo que va a pasar, al final, pase. Pero no lo hizo. Su legado está ahí y sus herederos, también. Una vez más se repite la misma secuencia no por muchas veces repetida menos sugerente entre creadores y descendientes: estos se sienten en la obligación de sacar al artista de los márgenes; enfocar, con toda la luz que se pueda y se deba, su trayectoria. Legítimo y sumamente acertado en este caso.

Juan Antonio Guirado se marcha fuera de España en una suerte de viaje iniciático como otros tantos artistas que hacen su camino y carrera allende nuestra frontera que durante largas décadas tiene unos límites muy precisos y constreñidos; asfixiantes, dirían muchos. Y no hablo solo de política. Él deja atrás lo que posee para encontrar nuevas y seductoras vías de investigación. Al final, todas se encuentran, el pasado y el futuro, en un mismo punto cero. Él lo cuenta así en alguna entrevista transcurridos los años y sin demasiadas florituras en su lenguaje, conforme a sus maneras sencillas:


“Mis trabajos mientras estaba en España eran tradicionales, pero yo he tenido que llegar a Australia para descubrir un nuevo estilo. La influencia de Australia es muy fuerte en todo mi trabajo”. Del pasado es muy difícil desprenderse y siempre nos visita, aunque lo conjuremos, en el presente o en el futuro. Los exilios creativos nunca han sido exclusivos de los pintores. Literatos, ha habido muchos en idéntica tesitura para poner tierra de por medio. De novelistas a poetas e intelectuales de amplio espectro ideológico y formativo. Se me ocurre a bote pronto que Juan Antonio Guirado reúne un poco de cada uno de estos roles. Poeta, pensador, narrador y todo ello emerge en sus cuadros. Como escribe Tàpies en su libro El arte contra la estética, y así Juan Antonio Guirado lo subraya en rojo en una lectura atenta del mismo que nos va a acompañar en muchos momentos de este ensayo: “Porque el artista, no nos cansaremos de repetirlo, también siempre busca con más asiduidad las afirmaciones que las negaciones. Y antes que la crítica o el análisis de cuestiones pasadas -aunque las considere necesarias-, le gusta hallar los motivos, los ideales que realmente nos encaminen por nuevas vías que sirvan al hombre de cara al futuro”1 o “La misión de los artistas o poetas es promover la reflexión, suscitar y atraer la atención, dar a conocer, iluminar la realidad y, en suma, exaltar todo cuanto nos haga más libres y más perfectos como humanos”2. En todo eso se embarcó Juan Antonio Guirado.


Pero antes de este paréntesis, quería traer a escena el nombre de otros pintores que viajaron, se marcharon en busca de respuestas o refugios y regresaron de la mano de un legado potente y bien cuidado por sus herederos. Pongamos el ejemplo de Esteban Vicente, con su expresionismo abstracto de enjuta factura al amparo de Nueva York. Un Museo y una Fundación en Segovia le cobijaron tras su muerte. El de José Guerrero, que también sembró la abstracción de retos a los grandes representantes norteamericanos y que regresó a Granada para habitar su museo y Fundación, gracias a unos guardianes de sus esencias pictóricas que no han parado en sus reivindicaciones y en sus puestas a punto o reactualizaciones, pese a la cicatería de los representantes políticos de sus ciudades o comunidades de origen. Ahora llega el turno de Juan Antonio Guirado que se apoya sobre todo en una búsqueda interior para reivindicar la pintura como campo de batalla teórico y práctico. Campo de batalla de la vida y de la muerte. Muchos de sus cuadros se nos presentan como una lucha encarnizada de formas y materias. Hay un árbitro en este campo de batalla y, sin lugar a dudas, el papel recae en Guirado.

Siempre he pensado que la mayor suerte de un artista reside en que sus herederos legítimos, de sangre, o elegidos por él mismo como garantes de su memoria, estén a la altura del creador y sus circunstancias. Creadores célebres han sido mal vendidos, mal cuidados y mal criados por sus sucesores. Otros menos célebres por circunstancias varias, han recuperado el tiempo perdido gracias a un buen gestor de sus méritos. No obstante, que nadie crea que ser tocado por el dedo de una herencia artística es un chollo o una bendición del cielo. Puede convertirse en la mayor responsabilidad que recaiga sobre los hombros. Una dulce condena en vida para consagrarse a la vida y la obra de otro. Aquí estamos gracias al Guirado Estate que se ha propuesto encuadrar la obra de un artista que desde la independencia creativa trazó un camino muy intenso a fuerza de compromiso con su época y con la pintura como respuesta absoluta y total a las dudas de un tiempo plagado de acontecimientos contradictorios.

parte 2 para seguir.....

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